¿Alguna vez os habéis preguntado porqué se llaman así los expertos en “invitabilidad” y “vida alegre”? El termino gorrón proviene de una curiosa costumbre de las primeras universidades españolas. Esta historia me la contó mi amiga Begoña.
En aquella época costaba casi tanto como ahora pillar un buen sitio en el aula a primera hora de la mañana, además los bancos de piedra eran demasiado fríos para las posaderas más refinadas. Así, los estudiantes más acaudalados tomaban a su servicio a un estudiante menos afortunado que era el encargado, entre otras muchas tareas de reservarle un buen sitio y de irle calentado el asiento. Estos estudiantes solían ir tocados con una gorra de gran tamaño y cuando acompañaban a sus benefactores a la taberna el que pagaba la cuenta solía decir al mesonero: “Ponme una jarra de vino y comida y alguna cosilla para el gorrón”.
Así que ya sabéis, si tenéis inclinación a vivir de gorra no cortaros ni un pelo, nuestras raíces se hunden en profundos pozos de sabiduría. Para ir abriendo boca os paso un enlace al pelo: Comer por la patilla, pues eso, ni más ni menos, un sitio web dedicado al gorroneo.
El gorrón, aquél que se excede en tomar, como no sin cierta benevolencia lo define Aristóteles, es, ciertamente, un ser despreciable. La avaricia y la tacañería no están reñidas, pese a todo, con una cierta dignidad: aquélla que se pone de manifiesto en el no pedir; pero la gorronería supone, entre otras cosas, y acaso principalmente, una pérdida completa de la dignidad. Creo que, con toda agudeza, Teofrasto fue capaz de ver en ese aspecto la nota más distintiva y características del gorrón, hasta el punto de hacer de ella el elemento esencial sobre el que construir su retrato de este carácter: «La gorronería –escribe– es, en términos de definición, un menosprecio de la opinión ajena por mor de una ganancia deshonrosa.» Indudablemente, al gorrón le trae absolutamente sin cuidado lo que piensen o digan de él siempre que obtenga algún beneficio. «Llámame gorrión y échame alpiste»



